
Existía un marido al que siempre lo regañaba su mujer porque llegaba a altas horas de la madrugada y acompañado de varias copas de más.
Un día de esos, el hombre se dirigía a su casa (bastante borracho) y al pasar al lado de un jardín vio varios caracoles de tierra que se alimentaban,
se agachó y se echó al bolsillo un puñado de estos animalitos.
Cuando llegó a su casa y en el momento que habría la puerta,
sacó los caracoles y los dejó en el suelo empujándolos por el pasillo con ambas manos,
justo en el momento en que sale al encuentro su mujer comenzando el regaño correspondiente y con un palo en la mano,
éste con voz alta y seria le habla a los caracoles:
Apúrense, no ven que por culpa de ustedes me están regañando.